La crisis social ya no es silenciosa

Me huele a podrido !

Los períodos de profundos cambios o crisis sociales nos alejan un poco de nuestro eje de equilibrio.

No hay silencio en un contexto abrumador de crecimiento exponencial de la tecnología de la información. No quiero decir que sea democrático y mucho menos libre, pero  que, en definitiva, «el mal que por bien no venga» resulta ventajoso, pues sorprende hasta al servidor público más discreto.

Un gran manipulador de la propaganda de otros tiempos decía que el órgano más sensible de las personas era el bolsillo y que, avivando a giles de muchos tiempos, les ha presentado perversamente el manejo del bolsillo a otros, justamente a una banda inmoral de tiburones, que destrozan, paradójicamente, del imaginario social argentino la idea de que el recurso más abundante disponible es el acceso al alimento.

Las leyes del mercado subyugan a las leyes de protección del derecho a una vida digna, so excusa del equívoco del sentido proteccionista de la visión de comunidad. Como contrapartida, la individualidad erigida como aseguradora de futuro en dólares nos ha transformado en seres del egoísmo y sus voceros han devenido en personajes recalcitrantes, como nunca antes vistos, ni en los tiempos de los malos tiempos de los argentinos.

El Estado ya no es esa figura que nos hace creer continuidad o extensión de la dimensión cívico-social de cada uno de nosotros. El Estado está ahora, para palabras grandilocuentes, para viajes al extranjero, para inversiones del futuro que no vendrán o para reuniones con actores de escenas ajenas a nuestra vida cotidiana. ¿Cuántos muros del lamento serán necesarios para conseguir el certificado de entreguismo?, ¿cuánta otra cosa servirá para salvatajes de ineptitud económica encubierta?

¿No pregonaban acaso que el Estado no debe responder por sus errores mundanos, o que el éxito individual es el único premiado por las leyes del mercado? mientras engordan listas de creditos en Banco Nacion como afirmando la nueva figura de casta con privilegios.

Nuevos manipuladores han encarnado en el presente y, tras dividirnos en pedazos —o en bytes de sus redes sociales—, se alzan como gestores de una memoria colectiva rancia, casi como un deseo de clase: la carne de burro es opción en nuestra canasta, pero no en la de ellos.

«Me huele a podrido esta nueva figura comestible; no por inverosímil, sino por la perversa idea de que lo mediatizado es una estrategia comunicacional que persigue, en definitiva, la desensibilización de una crisis muda de reclamos y que vaticina entrega y desesperanza ante la ausencia de opciones que nos animen.

No hay estrato gubernamental que escape a la responsabilidad, ni que pueda escudarse en la idea de que el bienestar social vendrá recién en 30 años. Lamento decirles que el hambre está hoy, no espera y no deja margen para los errores de balances económicos restrictivos.

La dolorosa historia argentina no está lejos de la memoria colectiva, y mucho menos el aprendizaje democrático de la desaprobación. Las deudas pendientes deben atenderse sin olvidar un esquema sabio de prioridades hacia quien más lo necesita»